El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, mientras el país celebraba simbólicamente la lucha por la igualdad, las mujeres colombianas recibimos una nueva dosis de realidad: solo el 27 % del nuevo Congreso estará ocupado por nosotras. 79 mujeres sobre 286 curules.
En Casanare, el dato parece alentador: por primera vez, una mujer llega a la Cámara de Representantes. Pero mientras Arledy Alvarado se prepara para llegar al Congreso, no puedo evitar pensar en la lucha de las mujeres políticas del departamento. Recordemos tres casos que esconden violencia política, contradicciones y dobles raseros que solo nosotras padecemos.
El caso Amanda: ¿dónde quedó el respaldo?
Amanda Rocío González ya había sido senadora de la República, muy destacada por su incansable gestión. En estas elecciones buscó una curul en la Cámara con el respaldo de importantes movimientos políticos, entre ellos el del hoy candidato presidencial Abelardo de la Espriella. Su movimiento, “Defensores de la Patria”, arrasó en Casanare el 31 de mayo: 134.114 votos, el 61,25 % de la votación total de la primera vuelta.
¿El resultado de Amanda el 8 de marzo? 17.344 votos. Una cifra respetable, pero que no le alcanzó para llegar al Congreso.
¿Qué pasó? ¿Le dieron la espalda? ¿El respaldo era solo de palabra? No se puede evitar la pregunta: si Amanda hubiera sido hombre, con esa misma maquinaria electoral detrás, ¿habría perdido?
El caso Marisela: minimizada por quedar en segundo lugar
Marisela Duarte se disputó la Gobernación de Casanare contra el actual gobernador, César Ortiz Zorro. En plena campaña, a pocos días de las elecciones, el hoy gobernador sugirió que había que “echarle agua caliente a sus opositores”. Una metáfora violenta que, dicha por una mujer, habría sido lapidada en el debate público. Pero como la dijo un hombre, pasó de largo.
Marisela no ganó la Gobernación, pero quedó segunda. Y como lo establece la norma, al ocupar ese lugar en la Asamblea Departamental, se convirtió en diputada. Sin embargo, el diputado Juan Fernando Mancipe tuvo la osadía de decir que ella estaba ahí “no por ganadora, sino por perdedora”. Como si su curul fuera un consuelo, no un derecho.
Marisela Duarte es profundamente querida por los sectores más vulnerables de Casanare. Recordada por su gestión social durante la gobernación de su esposo, Alirio Barrera, ha construido su liderazgo desde el territorio y la cercanía con la gente. Pero eso no la libró de ser minimizada, insultada y descalificada.
El caso Sonia: castigada por visible y por mujer
Sonia Bernal llegó al Senado desde una posición remota en una lista cerrada. Hizo una labor impecable: impulsó, entre otras iniciativas, la ley de trata de personas, y se convirtió en una figura del progresismo en un departamento que mayoritariamente no sigue esa ideología.
Sin embargo, en un reciente evento de Aída Quilcué —fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda— no la dejaron subir al escenario. Sectores de izquierda amenazaron con tirarle huevos si veían a Sonia en la tarima. ¿El resultado? Quilcué habló desde la tarima sobre la defensa de las mujeres, mientras Sonia observaba desde la zona de periodistas. Nadie mencionó su nombre. Al terminar, un grupo de personas le gritó que se fuera.
Un periodista preguntó a una manifestante: ¿qué le molestaba de la exsenadora? La respuesta fue cruda: “Es que ella solo está para la foto”.
Y ahí es donde duele. Porque poniendo un ejemplo, mientras al gobernador César Ortiz Zorro lo vemos en redes sociales posando hasta con su perro y recibiendo cientos de elogios, a Sonia Bernal se le exigen humildad, silencio y, sobre todo, que no presuma. ¿Por qué la vara es distinta? ¿Por qué cuando una mujer muestra sus resultados nos molesta, y cuando un hombre lo hace lo aplaudimos?
Violencia política: la ley existe, pero el castigo no
La Misión de Observación Electoral (MOE) publicó un análisis de la implementación de la reciente Ley Estatutaria 2453 de 2025, la ley de violencia política contra las mujeres. El diagnóstico es claro: aunque la ley existe, los partidos tienen protocolos débiles, las instancias de género no operan y la violencia política contra las mujeres sigue sin castigo efectivo.
Tres historias diferentes, una sola constante: las tres han sufrido violencia política.
Reconozco que son muchas las valientes mujeres que se han atrevido a liderar, sabiendo muy bien cuál es el costo social y el doble rasero con el que se les juzga. Saben que sus logros siempre serán puestos en duda, que su palabra será menos creíble que la de un hombre, y que su cuerpo, su vida pública y hasta su vida personal estarán permanentemente expuestos al escrutinio cruel de quienes todavía les cuesta ver mujeres liderando.
A un hombre no le hubiera pasado. Ninguna de estas historias. Porque a los hombres no se les exige demostrar que merecen estar ahí. A nosotras, sí.
Porque, al final, el problema no es que las mujeres no participen, sino la persistencia de barreras estructurales, de techos de cristal que aún no hemos podido derribar.